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Aquí no pasa nada
JAVIER
NARBAIZA
13 de
abril 2007
Sopla
el viento y regresan los sonidos puros: la ventana que
golpea, el canto monocorde de un pajarillo... Me
precipito por el camino que lleva a la calera que
construyó mi bisabuelo. Otras excursiones mañaneras me
llevan a la Cañada, al Pozo Viejo, o hasta la Tentenada.
A veces me topo con liebres, otras con corzos, o bandadas
de perdices, pero nunca con personas. En todo caso, veo a
Javi con el rebaño, o a Isidro, el guarda del coto. En
la fiesta de verano la gente suele contar historias de
cómo era el pueblo cuando era pueblo, y de quién era
este cerrado o aquella majada. Pero para que el personal
suelte recuerdos hay que esperar al buen tiempo y a que
corra el vino y no falten las chuletas. En estos días de
falsa primavera los cuatro que quedan están a sus afanes
o a sus achaques, y tampoco es que tengan seguro si el
panadero vendrá, al igual que el del butano, que sirve
si alguien avisa de que faltan bombonas, y además si le
cuadra; pero en tu caso, forastero, me las buscaría en
Almazán o en Atienza. Y si preguntas por los candidatos
a las elecciones municipales, te responden que la cosa,
hoy por hoy, aún no ha sido desvelada.
Siguen cantando los pájaros- y no me pregunten por la
especie- tras las ruinas de lo que fue Casa del Concejo.
Dudo si es viernes o sábado. Tampoco me preocupa que
haga frío ni que llueva, pues lo bueno de tener casa en
un pueblo es que sirve para acumular zamarras de
juventud, o el anorak de mis lejanos e intrépidos viajes
por el Himalaya, que aquí uno no se corta por exhibir
prendas pasadas de moda. En el pueblo, si sale el sol,
pues te pones en formato neorrural, a segar el césped
con camisa de cuadros, y si hace frío, tras acarrear
leña, toca encender la chimenea, y además es posible
que la mujer se propicie a exhumar recetas de limonada, o
se ponga a freir rosquillas, o a meter en aceite chorizos
y lomos, labores en las que en otro lugar nunca
acometería. Para marcar conmemoraciones en la tele
reponen Ben Hur y Quo Vadis, lo
que a falta de procesiones- que en el pueblo ni abren la
iglesia, ni suenan las campanas el domingo de
Resurrección-, la contemplación de esas cintas sirve
para mantener tradición. Porque en estos parajes nada
manifiesta que sea Semana Santa, ni siquiera que estamos
en el 2007, quizá únicamente la parabólica que ondea
en mi casa, y lo demás, salvo la acometida del agua y
los seis tejados recientes, viene a ser igual que por los
50, salvo que si oteas por las ventanas del caserío se
observan vigas caídas y una selva de malezas.
Desde el pueblo, desde la paz del pueblo, resulta
divertido y un poco morboso enchufar la tele y comprobar
la marea de coches que, engañados por los hombres del
tiempo que les prometieron dorados soles, huyen como
locos desde las ciudades en busca de soñados paraísos.
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